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| La regadera. Ilustración cortesía de Majali | | | | |
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Ella era una estupenda "regadora" de césped, de flores, de árboles frutales, ornamentales; de arbustos y, por supuesto, de girasoles, plantas éstas que llegaron a ser su especialidad.
Cavaba un pequeño hoyo, sembraba dos o tres pipas por si acaso sólo prendía una de ellas, enterraba la semilla y regaba con esmero el embrión, en espera, no ya de su fruto, sino más bien de la aparición de la majestuosa presencia amarilla y verde del señor girasol.
Jamás el diminuto brote pasó sed; tampoco se emborrachó en demasía de aquel líquido elemento que, junto con las sustancias del suelo, le hacían crecer cada vez más esbelto y gallardo.
Pronto la distancia física fue imponiéndose entre la regadora y el girasol. La primera parecía menguar al mismo tiempo que el segundo crecía, hasta alcanzar una altura considerable.
Pero, contrariamente a lo que pudiera parecer, entre ambos crecía una amistad y un lazo emocional que se hacía cada día más fuerte y que les reportaba un bienestar imprescindible.
El girasol pasaba gran parte del día haciendo cálculos mentales sobre la dirección y la velocidad del viento y del nivel de insolación, y no solía equivocarse en sus predicciones, pues siempre se las ingeniaba para protegerse de cualquier adversidad meteorológica.
Ella esperaba pacientemente el momento de conversar con el inteligente y previsor girasol, mientras llenaba su regadera metálica y se disponía a humedecer las raíces de aquel vegetal al que, inequívocamente, veneraba.