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| A babor. Foto de Ginebra |
Esperabas en la sala de rayos para que te hiciesen una radiografía. No había nadie, pero la estancia no inspiraba ese ambiente de desolación que suelen tener los hospitales públicos (supongo que a partir de ahora a estos habrá que denominarles "hospitales robados", con todo lo que implica el término).
Las ventanas abiertas dejaban pasar el rumor del viento en las hojas de los árboles desde el patio de enfrente, un complejo antiguo que había tenido muchas funciones y que,en estos momentos, hacía las veces de una especie de orfanato para niños, no sólo huérfanos, también en acogida temporal hasta que su familia biológica pudiese hacerse cargo de ellos. Imaginaste que ahora habría aumentado considerablemente el número de niños proveniente de familias desfavorecidas que son dejados bajo la tutela o custodia del Estado por motivos económicos fundamentalmente.
Pensaste en los recortes a los centros públicos como ese y te sentiste triste al reflexionar sobre las graves consecuencias que eso tendría para los niños y para los trabajadores en plantilla. En cómo habrían notado la escasez de algunas cosas básicas o como harían frente a la impotencia de poder atender debidamente a esos "huéspedes" tan frágiles.
Te dijiste a ti misma que todo eso es una puta mierda, así de sincero, contundente y brusco,:"una puta mierda"...De cómo hemos llegado hasta aquí, a esta situación tan inesperada y tan cruel con los más débiles y ,en general, con todos los trabajadores, los que ahora has oído que llaman "productores", que es lo que somos para ellos, para las grandes empresas que dirigen el cotarro: productores en lugar de seres humanos.
Entre el vaivén de las hojas y el murmullo de la calle, una polilla despistada se coló en la sala de espera. Era bastante torpe y no dejaba de aletear nerviosa, sin poder encontrar la salida.
Entró un hombre mayor en ese preciso momento y la vio. Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un pañuelo de papel. Se dirigió a la ventana donde bregaba por escapar la pobre polilla e intentó matarla,aplastándola contra el cristal polvoriento y sucio.
Le dijiste que no lo hiciera. Tuviste que repetírselo al menos dos veces. Le convenciste de que ella encontraría la forma de salir de allí sin necesidad de matarla.
La polilla encontró la salida. Batió sus pesadas alas y voló hacia fuera, donde esperaba un gato negro que acechaba paciente en el alféizar de la ventana. El "minino" abrió su boca bigotuda y tragó con una agilidad pasmosa aquel torpe insecto que una tarde se equivocó de rumbo.
Pensaste en un símil, en que parecemos torpes insectos a merced de unas enormes fauces, que nos engullen sin ningún tipo de remordimiento.